Article publicat a La Vanguardia, escrit amb Marc Grau: “Vivimos una grave crisis sanitaria que afecta a todo el mundo y que, inevitablemente, nos recuerda a la que se inició en 2008 y que supuso que mucha ciudadanía quedara en una situación de extrema incertidumbre y vulnerabilidad”

Vivimos una grave crisis sanitaria que afecta a todo el mundo y que ha comportado el confinamiento en casa de millones de personas. Una crisis que, inevitablemente, nos recuerda a la que se inició en 2008 y que supuso que mucha ciudadanía quedara en una situación de extrema incertidumbre y vulnerabilidad.

Aquella crisis económica, financiera, también social, vertió a un cuestionamiento profundo de las instituciones públicas y de su capacidad de reacción y respuesta a la ciudadanía. Doce años después, no nos podemos permitir salir de esta crisis repitiendo los mismos errores. Es cierto que mientras escribimos estas líneas, no podemos calcular la magnitud de la crisis del coronavirus, aunque ya podemos apuntar algunas diferencias respecto a la de 2008, y lecciones de las que aprender.

Primer apunte

Más que hablar de una década de crisis, en plural, tenemos que hablar de un cambio de época.

Es decir, el proceso de cambio que hemos vivido en los últimos años no es una situación coyuntural o transitoria. Debemos tener claro que no volveremos donde estábamos, como en otras ocasiones, con el fin de esta crisis o de la anterior. Los cambios son demasiado importantes y profundos. Ni las dinámicas sociales o económicas, ni la concepción del trabajo, ni las estructuras sociales y familiares o las formas de interacción son las mismas.

De hecho, la sociedad ha cambiado mucho en los últimos años y esta es una tendencia anterior a la década de crisis. Hace más de veinte años que se están gestando unos cambios que aceleran con las crisis que hemos vivido. Una muestra de ello son los cambios en el ámbito productivo o del trabajo que vienen de más atrás a raíz de los impactos de la globalización o el cambio tecnológico, o las transformaciones de la sociedad con la reestructuración de la mayoría de espacios de socialización. En definitiva, hemos llegado al momento actual con una sociedad más heterogénea, con trayectorias más diversas y complejas. Y nuestras instituciones públicas, rígidas y pensadas para ofrecer respuestas homogéneas, tenían menos recursos y capacidad para afrontar los retos o las urgencias de los nuevos tiempos.

Segundo

Ante los impactos de las crisis, hay que tener en cuenta que la ciudadanía, lejos de perder el interés en la política, se ha vuelto más exigente

En los últimos años se ha recuperado el interés por los asuntos comunes, aunque esta tendencia va de la mano también de la pérdida de confianza en unas instituciones pensadas desde los parámetros sociales, económicos y culturales de otra época. Estos días somos testigos de la aparición de múltiples redes de apoyo surgidas al volante de la crisis del coronavirus, un fenómeno muy parecido a lo que ocurrió post 15M.

Nuestra sociedad, fuertemente individualizada desde hace más de dos décadas, desde 2008 ha aprendido sobre la importancia del músculo comunitario y el capital social. Esto ha permitido que aparezcan nuevos actores, se articulen respuestas comunitarias o puedan plantearse nuevas formas de gobernanza que vayan más allá de la esfera institucional.

Tercero

A diferencia del 2008, los discursos neoliberales ya no podrán acusar la sociedad de querer vivir por encima de sus posibilidades, ni tampoco acusó la administración pública de hacer inversiones superfluas e innecesarias

Podríamos estar viviendo el inicio del fin del mito del todopoderoso “Mercado” y de las bondades exageradas de las privatizaciones y el mercado privado. La salida de la crisis de 2008 estuvo marcada por la prioridad de salvar a los bancos y se alimentó de la idea del déficit cero, limitando los presupuestos públicos y desmantelando amplias áreas del estado del bienestar.

Ahora, aquellas políticas de la austeridad se ven superadas por la emergencia sanitaria que padecemos y hoy echamos de menos los recursos públicos que perdimos por culpa de la disciplina presupuestaria. El terremoto de esta crisis está agrietando las premisas impuestas a lo largo de la última década. Se está poniendo fin al mantra de la austeridad, empezando por la misma UE que paraliza la estricta regla del déficit.

Cuarto

Nos han estado diciendo que fuéramos con cuidado a querer unas instituciones públicas fuertes y con capacidad de intervenir, a abusar de las políticas públicas

Nos han estado diciendo que fuéramos con cuidado a querer unas instituciones públicas fuertes y con capacidad de intervenir, a abusar de las políticas públicas. Y, precisamente, lo que ahora hemos aprendido es que son imprescindibles a la hora de gestionar crisis y proteger nuestras vidas. En 2008 nos impusieron que el culpable de todo era el sector público, y hoy hemos aprendido que es la solución.

Esta será una oportunidad para un impulso incuestionable en la protección de los servicios públicos y el refuerzo de las instituciones públicas. Ahora bien, con más recursos no será suficiente. No perdamos de vista que el fortalecimiento de los servicios públicos tiene que venir de la mano de una profunda renovación y modernización de estructuras, de agendas y maneras de hacer.

Quinto

No hay soluciones simples a problemas complejos

Y ya hemos podido vivir en la última época las consecuencias de errar en el diagnóstico o en las respuestas para una salida de la crisis que ponga la gente en el centro de la política. Esta crisis es un terremoto que lo moverá todo. En el actual momento político, hay debates que socialmente vuelven a coger fuerza y ​​resituar el sentido común de la gente. Hoy, por ejemplo, tenemos claro que los servicios públicos son la única herramienta que nos permite protegernos y defendernos como sociedad. Unos servicios públicos fuertes, bien financiados y equipados son el instrumento necesario para gestionar una crisis y salir de él en el futuro.

Hoy sabemos que la ciudadanía no puede cargarse en los hombros una nueva crisis cuando los impactos de la de 2008 aún colean. Hay que asegurar la protección del trabajador, autónomo y asalariado y ha llegado la hora de que las grandes corporaciones, que obtienen grandes beneficios año tras año, contribuyan más en la sociedad.

En este sentido, está más que justificado que los bancos rescatados en la última década con 54.353 millones de euros devuelvan lo que recibieron. No hay ningún momento más justificado que éste. Ahora es el momento para ayudar a hacer frente a la crisis que padecemos.

Sabemos que nada volverá a ser igual y ya no nos sirven las recetas antiguas. Necesitamos nuevas respuestas y una renovación de las maneras de hacer para adaptarlas a los nuevos tiempos. Pero conviene que aprendamos de los errores del pasado. Como sociedad tenemos retos pendientes y toca hacer lo que no fuimos capaces de hacer en 2008.

Está en juego también nuestra credibilidad y legitimidad ante una ciudadanía cada vez más exigente. Y no nos podemos permitir el lujo de volver a pagar el precio de los errores. Y, mucho menos, que lo paguen los de siempre.